jueves, 23 de octubre de 2008

Café

Volví con Isabel al estudio, y la vi sacar el labial de su bolsa, bajándolo y subiéndolo rítmicamente, indicación de que estaba pensando cuidadosamente.
- ¿Qué esperas encontrar en el escritorio de un hombre muy ocupado?
- Pues varias plumas, la computadora, papeles, agenda...
- Exactamente. El hombre pudo haber sido lo organizado que quieras, pero este escritorio está demasiado vacío, demasiado para mi gusto.
Se dirigió hasta el librero, y comenzó a pasar la mirada por cada uno de los lomos. Sin embargo, tardé algunos segundos en darme cuenta de que su cara estaba demasiado cerca... Estaba oliendo.
- Creo que encontré algo interesante Julio - dijo mientras sacaba un libro de entre los del librero, y lo puso sobre la mesa. Al momento de que lo abrió, pude ver una de las esquinas arrugadas, y con el tono amarillento que suele acusar café derramado.
- Las manchas de café son terribles para los libros, pero usualmente el olor desaparece, a menos que la mancha sea muy fresca. Y este libro está incluso húmedo.
Se dirigió al escritorio, donde aún descansaba el cadáver, y casi pegó el rostro a su superficie, sonriendo ampliamente
- Acércate Julio, y huele
Acerqué mi rostro, y aspiré. Era el olor inconfundible de limpiador para casa, leve, pero muy fresco.
- ¿Qué notas?
- Nada raro - respondí - Limpiaron el escritorio, pero eso no es nada extraño.
- Depende de cuando y para qué, y creo que tenemos ya una pista importante.
Con una sangre fría que a mí siempre me ha parecido admirable, tomó la muñeca del cadáver y la levantó un poco, viendo la manga de la bata. Su sonrisa lo único que hizo fue hacerse más amplia.
- Bueno mi estimado Julio, tenemos al culpable y el método, pero aún hay algo que no entiendo, pero que me imagino que será lo más fácil de dilucidar.
- ¿A qué te refieres?
- Sigo sin saber el porqué.

domingo, 12 de octubre de 2008

El mensajero anónimo

Pasamos a la cocina, donde un individuo apenas algo mayor que yo, sentado en un banco. Se veía nervioso, y sostenía en sus manos una taza de té, que temblaba en sus manos. Cuando entramos, nos vio con extrañeza.
- Isabel, él es César. Era el sobrino de Sergio, y su secretario particular. El sabe de la caja.
Isabel se sentó frente a él y, con una sonrisa afable, se dirigió a Cesar con expresión abierta.
- Veamos, dime que sabes
Dejó la taza en la mesa de la cocina y, poniendo las manos en sus rodillas, habló en forma pausada.
- Esta mañana, vino un individuo a la casa, a entregar un paquete. Venía en un sobre de papel manila, y me dijo que era un regalo para mi tío. Era aún muy temprano para despertarlo, así que lo tomé y lo puse en su mesa. En cuanto llegó a su estudio, se lo mencioné, y pareció que lo estaba esperando. Pero en cuanto vine a preparar su café, escuché como caía contra su mesa, y cuando llegué, estaba muerto. Lo primero que hice fue hablarle a la policía, y no he movido nada.
Isabel retiró la mirada un momento del joven, y recorrió la cocina con la mirada.
- ¿Entonces apenas estabas preparando el café?
- Si señora
- ¿Podrías ir a tu recámara y permitirnos observar un poco por aquí?
- Er... claro
En cuanto César se fue, yo no pude más que ver a Isabel con expresión curiosa
- ¿Y por qué no le pediste una descripción del individuo?
- Julio, todo eso es parte del procedimiento policíaco, además de que prefiero recabar primero la información pertinente.
Sin agregar nada, caminó al fregadero, en donde se detuvo con cuidado. Tomó una taza que estaba en el escurridero, y la analizó con cuidado.
- Recién lavada, y aún húmeda. Te diría que buscaras en la basura, pero lo más probable es que lo que buscamos acabara en la taza del baño. Pero bueno, tenemos un inicio. Ahora, acompáñame de nuevo al estudio, necesito corroborar algunas cosas.
La seguí en silencio, completamente confundido. Aunque sabía que, cuando se movía con esa seguridad, era porque tenía ya una hipótesis, y sólo necesitaba encontrar pruebas.

domingo, 31 de agosto de 2008

Un método irónico

- ¿Una qué? - pregunté algo extrañado.
- Una serpiente picadora - repitió Ortega - son unos juguetes muy comunes en varios estados. Son unas cajitas que, al deslizar la tapa, salta una serpiente de alambre, que te pica en el dedo. Nada grave realmente.
Isabel no dijo nada, tan sólo tomó un lápiz del escritorio y, usando la goma, jaló la tapa con cuidado. Como es normal en ese tipo de juguetes, una víbora de madera saltó bruscamente, golpeando el lápiz con una punta de alambre. Pero a diferencia de las que yo conocía, toscamente trabajadas, ésta tenia una apariencia primorosa, muy bien decorada, lo mismo que la caja. Toda su manufactura la identificaba como un trabajo cuidadoso. Sin embargo, el interés de mi jefa estaba en otro punto.
- El alambre está mejor afilado que con otros juguetes - murmuró extrañada - pero sigue siendo alambre.
- Lo sé - le respondió Ortega - pero si te fijas, tiene un ligero olor
- Si, a almendras
- ¿Cianuro? - Respondí de inmediato, tratando de no lucir totalmente ignorante
- Básicamente sí - respondió Isabel - pero hay algunas cosas que no acaban de convencerme. ¿Saben cómo llegó esta caja a su poder?
- Afortunadamente si, se la entregaron a su sobrino. El está en la cocina, recuperándose de la impresión ¿Quieres hablar con él?
- Claro, síganme

Serpiente picadora

Como era costumbre, nos hicieron pasar sin preguntas, e Isabel se dirigió a uno de los policías, que le indicó sucíntamente una dirección dentro de la casa. Avanzó con toda seguridad, observando de reojo mientras nos movíamos. La casa era realmente notable, pues todo el pasillo tenía una sola repisa a cada lado, que se extendía por todo el mismo. Acomodadas de una forma muy cuidadosa, estaba un verdadero tesoro de juguetes artesanales: camiones de hojalata, títeres, escaleras, muñecas de barro y varios otros que yo ni siquiera imaginaba que existieran.
El pasillo desembocaba en una oficina, con una decoración muy similar. Pero lo que inmediatamente llamaba la atención era el corpulento cuerpo caido sobre el mismo. No era necesario ser un experto para ver que el hombre estaba muerto, y que el deceso había sido realmente repentino. Ortega estaba de pie, al lado de la escena, volteando a ver a Isabel con gesto aliviado.
- Isabel, gracias por venir. Como te dije, el caso parece muy claro, pero hay algo aquí que no acaba de convencerme.
Isabel se acercó al cuerpo y, en un movimiento muy rápido, sacó un par de guantes de latex de su bolso. Levantó un poco la cabeza del cadaver, que presentaba el rostro desencajado.
- Definitivamente, fue envenenado. ¿Me decías que sospechabas ya como se hizo?
- Sí - respondió Ortega - aunque me parece una forma terriblemente enfermiza.
Con una mano también enguantada, tomó de la mesa una pequeña caja de madera, y se la pasó a mi jefa con cierta solemnidad. Ella la recibió, con cuidado, y no puedo evitar el levantar la ceja
- ¿Una serpiente picadora?
- Todo parece indicar que sí.

domingo, 10 de agosto de 2008

Juguetes populares

Subimos al coche con cierta prisa, sin intercambiar palabra. Durante unas cuantas cuadras, Isabel no dijo ni una sola palabra, para como era su costumbre, romper el silencio de forma repentina.
- ¿Alguna vez jugaste con juguetes artesanales?
La pregunta me sorprendió, pero no la sentí realmente extraña
- Pues no mucho. Una vez que fui con unos amigos a Oaxaca, compre uno de esos boxeadores que se golpean al apretarles al centro, pero nada más. En realidad, de niño era yo más del futból y cosas de calle, y mi mamá no tenía mucho dinero como para comprarme juguetes. ¿Porqué?
- De una u otra forma, es una actividad que está desapareciendo, aunque sobrevive hasta donde es posible. A pesar de todo, aún hay personas que se preocupan por mantenerlo vigente de una u otra manera. Aunque desafortunadamente, parece que uno de ellos ya no está entre nosotros.
- ¿A qué te refieres?
- Sergio Neri. Era el director de una organización privada, que se encargaba de comprar juguetes de ese tipo a artesanos, para después distribuirlos en el extranjero o en tiendas de las ciudades más importantes del país. Lo acaban de encontrar muerto, Y Ortega tiene la sospecha de que pudiera haber sido asesinato. No me pudo dar muchos datos al teléfono, pero parece que tiene motivos bien fundados.
Entramos por San Ángel, y realmente no fue necesario preguntar a donde íbamos, pues apenas dando la vuelta nos encontramos con varias patrullas frente a una de las casas. No había duda de que habíamos llegado al lugar.

lunes, 4 de agosto de 2008

Artesanías

Tomó aire, como haciendo memoria, lista para seguir con la conversación. De pronto, sonó el teléfono, y se operó un cambio notable: todo su cuerpo se tensó, en postura de alerta. Isabel solía recibir llamadas de forma frecuente, por lo que eso no era sorpresa. Pero por algún motivo, parecía prever cuando era alguna cuestión de trabajo, como una especie de sexto sentido. Como parte de mi trabajo, tomé el teléfono casi automáticamente y contesté.
- Residencia de la Señora Betancourt
- Hola Julio, comunícame con tu jefa, que tengo algo importante para ella.
- Es Ortega - le dije mientras le pasaba el auricular - parece que es importante.
Ella tomó el teléfono musitando un rápido gracias. Sus ojos tenían ese brillo especial que siempre tenían cuando surgía algún caso, así que sólo la vi fijamente mientras hacía rápidas preguntas, y tomaba nota. Apenas unos instantes después, colgaba el teléfono de forma apresurada, y me vio fijamente a los ojos.
- ¿Te gustan las artesanías?
- Pues sí, a veces
- Pues tenemos un trabajo relacionado, así que es mejor que vayamos saliendo.
Yo realmente no sabía que pudiera haber que tuviera que ver con ello, y que al mismo tiempo se conectara con nuestro trabajo. Pero si algo había aprendido en ese tiempo. Es que prácticamente no habría cuestión en la que eventualmente no estaríamos envueltos. Debo de admitir que aún tenía curiosidad de que terminara la historia de su vida, pero si algo tenía yo claro es que, una vez que se le presentaba un trabajo, ya no había nada más que llamara su atención, por lo que se opté por no decir nada, levantándome y siguiéndola hasta el coche.

Cambio de vida

Entrelazó los dedos sobre la mesa, y viéndome fijamente, continuó con su historia.
- Si bien mi padre técnicamente no me corrió, el problema ahí fue un choque de orgullos. Él me dijo muy claramente que podía volver a la casa... Una vez que hubiera cortado con Gerardo. Yo no estaba dispuesta a ceder, así que estuvimos viviendo juntos algunos meses, hasta que decidimos casarnos. Pero como te dije, a pesar de mi pasado familiar, no estaba hecha para ser nomás el ama de casa. Gracias a la recomendación de mi pareja, conseguí un puesto de secretaria en los juzgados, comenzando desde lo más bajo. Sabía escribir a máquina, realizar ciertas labores secretariales y lo más básico de oficina, así que no me convertí en una carga para él.
Esbozó una media sonrisa. No había duda de que ella se sentía especialmente orgullosa de todo lo que había conseguido sola, y parecía en cierto modo demostrar que había triunfado frente a su padre.
- Pero por otro lado, mi intención no era quedarme ahí mientras él crecía en su carrera: Comencé a leer sus libros, a participar en conversaciones, a empaparme del ambiente... Bueno, sólo te diré que, en poco más de un año, sabía tanto de leyes como de procedimientos policíacos más que incluso muchos de los que llevaban años en eso. El principal problema era que, mientras no tuviera un título, seguía siendo la secretaria. Afortunadamente, todo lo que aprendí le sirvió bastante a mi marido, así que, cuando menos como pareja, fuimos creciendo muy rápido.

domingo, 13 de julio de 2008

Hurgando en el pasado

Isabel se recargó en la silla, y me miró largamente, pero sin verme, como haciendo memoria.
- Bueno mi querido Julio, sabrás que mi familia era de dinero, así que prácticamente tenía la vida resuelta. En cuanto al estudio, no era realmente necesario, pero por mi tipo, no podía simplemente quedarme en casa viendo a la pared, así que decidí seguir una carrera auténticamente por pasatiempo. Elegí diseño gráfico en la Ibero, más que nada porque todas mis amigas estaban ahí. Pero bueno, lo cierto es que no me iba mal, pues realmente disfrutaba el estudio, pero necesitaba algo más.
Me miró a los ojos, como midiendo hasta donde había logrado capturar mi atención. Me leyó rápidamente, y retomó su historia.
- Fue cuando comencé a experimentar con Internet que encontré un círculo de lectura, un lugar en donde varias personas para comentar libros e intercambiar puntos de vista. Y te hablo de una época en la que el chat era aún un sueño. La única forma de establecer comunicaciones grupales era por medio de foros, y fue ahí donde comencé a reunirme con este grupo que te dije. Usualmente era intercambio de mensajes, pero de cuando en cuando, se hacía alguna reunión. Fue ahí donde conocí a Gerardo, un abogado. No era en realidad joven, pues me llevaba poco más de diez años, pero compartíamos una pasión. De ahí, nos comenzamos a ver nosotros solos y, como imaginarás, nos acabamos enamorando.
- Muy romántico - acoté, más por demostrar que estaba atento que porque realmente lo considerara así.
- Pues sí, aunque si quieres que las cosas se pongan melodramáticas, voy para allá. Gerardo era talentoso, y trabajaba dentro de la Suprema Corte. Cualquiera con un poco de visión se hubiera dado cuenta de que, con el tiempo, él llegaría lejos. Pero a mí eso no me importaba, pues quien tenía el futuro asegurado era yo. Pero ya sabes como son algunas familias, en especial las de abolengo - a esta última palabra le dio un énfasis burlón - así que en cuanto se lo presenté a mi papá, ardió Troya... Que no era de mi nivel, que buscaba aprovecharse de mí... Bueno, ya conoces como son ese tipo de historias. Aunque claro, creo que a estas alturas ya sabes que no soy del tipo sentimental que se encierran a llorar en su recámara. Yo siempre he sido mujer de armas tomar, así que hice lo que toda muchacha enamorada y con poco sentido común hubiera hecho.
No necesitaba ser un genio deductivo para terminar su frase.
- Te escapaste.
Ella se limitó a esbozar una sonrisa enorme, y asintió con un movimiento amplio y lento de la cabeza, que no ocultaba una cierta dosis de orgullo.

martes, 24 de junio de 2008

Notas biográficas

La pregunta no debería de haberme tomado por sorpresa, conociendo el tipo de mente que caracterizaba a Isabel. Sin embargo, no pude evitar quedarme callado unos segundos, en lo que ponía en orden mis ideas.
- Bueno, primero lo más evidente es que fuiste casada, y que tu esposo era una persona muy talentosa. El hecho de que aún guardes el álbum y los recortes con tanto cuidado me hace pensar que... bueno... este... que eres viuda. Tu esposo era también un lector voraz, pero mucho menos organizado que tú. El era magistrado, y estuvo mucho tiempo en ese trabajo. Y quizá no directamente de lo que vi, pero supongo que ustedes se conocieron en el trabajo.
Ella estuvo sonriendo durante todo mi monólogo, con una expresión de franco orgullo. Sin embargo, cuando mencioné el hecho de que se conocieron en el trabajo, levantó la ceja con un gesto de insatisfacción, viéndome con curiosidad.
- ¿Y por qué tu última conclusión?
- Bueno - balbuceé, algo cohibido - Se nota a leguas que tienes experiencia en leyes y cuestiones policíacas. Y siendo él magistrado, es lógico que llegaron a moverse en los mismos círculos.
- Querido Julio, tu razonamiento es correcto, pero incompleto. No pienses sólo en lo inmediato, sino analiza todas las variables. Quizá nos conocimos en la escuela de leyes, o en algún curso. O es posible que alguno de los dos entrara al medio precisamente impulsado por el otro. ¿Entiendes?.
- Pues si, es cierto
- Aunque bueno, tengo que admitir que en casi todo estuviste muy acertado, aunque con la simple hoja hubieras podido haber obtenido mucha más información. Sin embargo, para alguien que apenas está aprendiendo, tus resultados fueron notables. Así que creo que es momento de que yo cumpla mi parte, y te hable un poco del pasado de tu jefa, pues seguramente a estas alturas tendrás bastante curiosidad.
Decidí no decir nada más, así que sólo asentí levemente. Aunque era cierto que me estaba matando la curiosidad, consideré que lo mejor era no mostrarme demasiado obvio.

martes, 17 de junio de 2008

Conociendo a Isabel Betancourt

La siguiente semana, mi trabajo se centró un poco más en la cuestión bibliográfica. Fue precisamente en uno de esos días que fui conociendo un poco más a mi jefa, y de las curiosas circunstancias de su pasado. Uno de esos días, mientras acomodaba una serie de libros legales - de los cuales, dicho sea, no entendía yo ni una palabra - di con un recorte de prensa algo viejo. Era sobre la entrega de un reconocimiento a un magistrado, al parecer, alguien importante, por sus años de servicio. Considerando el cuidado que tenía Isabel en archivar los recortes que eran importantes en alguna de sus investigaciones, se me hizo raro que estuviera guardado con esa falta de cuidado, por lo que decidí verlo directamente con ella.
- Isabel - le pregunté, poniendo el recorte en su escritorio - encontré ésto dentro de un libro, quería ver donde lo archivo.
Su reacción me resultó en extremo sorpresiva: Tomó la hoja y la estuvo viendo con un cuidado extremo, y pude notar que la expresión de su rostro se hacía algo más melancólica. Dejó escapar un profundo suspiro y lo dejó sobre el escritorio, meditabunda.
- Hay un álbum fotográfico en ese librero - me dijo señalándolo, pero sin dirigirle la mirada - en la última repisa. Pásamelo por favor.
Me resultó un poco extraño, pues ella no acostumbraba archivar ese material en álbumes, pero preferí no decirle nada, y simplemente pasarle lo que me pidió. Lo abrió con lentitud, pasando cada página lentamente, deteniéndose en diversas fotos. Todas ellas eran de sí misma, con el mismo hombre del recorte. El que una de ellas fuera una foto de bodas me permitió sacar mis conclusiones: era su marido. Tras de unos momentos, acomodó el recorte de periódico prólijamente en una página vacía, y cerró el álbum lentamente.
- Bueno Julio, toma asiento. Imagino que tienes algunas preguntas, y quiero pensar que, si de algo ha servido el tiempo que has estado trabajando aquí, ya habrás sacado tus propias conclusiones. Así que primero oigamos tu teoría, y luego conversamos.

sábado, 14 de junio de 2008

Cambio de planes

Isabel hizo una larga pausa, como si quisiera disfrutar el dramatismo del momento, y continuó
- Tú misma sabías que era demasiado arriesgado, pero estabas ahí, y no querías esperar a otro momento. Forzaste la única cerradura que quedaba con una varilla, y entraste. A partir de ahí, todo fue sencillo: sacar los documentos, sacarles varias fotos, y guardar la cámara en tu bolso. Ahí fue donde surgieron las dudas.
En ese momento, Isabel clavó su mirada en Teresa, que tenía dificultad para pretender enojo
- Sabías que en cuando encontraran la puerta forzada, sospecharían del robo, y que Echenique, temiendo que hubieran robado información, tomaría las medidas pertinentes. Fue en ese momento que imaginaste lo de las pantaletas. De esa forma, desviarías la atención hacia su hija, pues sabías lo importante que es para él su seguridad. Tomaste todas las pantaletas y dejaste el cajón abierto, sabiendo que eso atraería la atención. El problema, es que no podías irte, pues dejando la puerta abierta, alguien podría entrar a robar, deshaciendo tu coartada. Y por otro lado, cerrar de nuevo las llaves que aún funcionaban despertaría sospechas. Entonces cerraste la casa, saliste a dejar las pantaletas y la cámara en un lugar seguro, y volviste. Y fue que los llamaste, usando el pretexto del olvido de la clase, y esperaste aquí a que llegaran. Eso fue una especie de valor agregado, pues el cuidar la casa mientras volvían te alejaba de sospechas.
Echenique volteó a verla, con una mezcla de sorpresa y decepción. Yo sentí súbitamente la mano de Isabel en mi hombro, que me susurró al oído
- Vámonos, es mejor que ésto se arregle entre ellos.
Salimos de la casa lentamente, sin decir nada. Yo volteé la vista durante unos segundos, pero Isabel nunca dejó de mirar al frente.

Oportunidad

En un principio, Teresa se quedó de una pieza, pero no tardó en reaccionar, mostrándose totalmente indignada.
- Señora Betancourt, espero que tenga una explicación razonable, pues a mí me resulta bastante molesta esta calumnia.
- No la llamaría calumnia, considerando que la explicación resulta clara. Nuestro ladrón entró de manera directa a la recámara de Lucía, abrió sólo el cajón de la ropa interior, tomó casi todas las prendas, dejó abierto el mismo, y salió huyendo. Eso puede sonar extraño, pero posible, excepto porque no parece la acción de alguien que sabía que contaba con toda una semana para actuar. Lo que a mi me parece es que se dejó abierto el cajón, y se tomaron todas la prendas, para que resultara evidente, y desviara la atención a lo que realmente pasó.
- ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? - preguntó Teresa, que no lucía ya nerviosa, sino terriblemente molesta.
- Sencillo. Eres una mujer con conocimientos en finanzas y una capacidad tremenda en el ramo, y la idea de ser sólo una tutora no era exactamente lo que tú deseabas. Pero conoces el medio, y sabes que siendo consultor, el Señor Echenique tenía acceso a información de diversas empresas, que te daría ventajas increíbles sabiendo usarla. Pero siendo información, la más mínima señal de que hubiera sido robada la haría inútil, así que requerías paciencia.
- Estuviste esperando, buscando la oportunidad - continuó Isabel, totalmente dueña de la situación - tomando una por una las llaves del duplicado, para hacerte tu propio juego. Desafortunadamente, nunca supiste de la ruptura de la llave, así que el plan estaba perfecto. Cuando supiste que estarían fuera toda una semana, sabías que era el momento ideal. Sin embargo, las cosas comenzaron a ir mal.

lunes, 2 de junio de 2008

La seguridad del hogar

Isabel avanzó a la oficina del licenciado, y apenas entrando, se quedó de pie en la puesta, viéndolo s con atención. Ortega y Echenique estaban en la oficina, discutiendo ciertos detalles que no alcancé a oír, pues ambos guardaron silencio en cuanto Isabel se dirigió a ellos.
- Señores, creo que logré encontrar algunas cosas que pudieran esclarecer este problema, pero me gustaría tener reunidos a todos junto a la puerta. Y cuando digo a todos me refiero a Lucía, Teresa... Todos.
Ni siquiera los esperó, sino que volvió al lugar tan rápido como se fue. Se quedó de pie junto a la puerta, con una sonrisa triunfante. Ortega y Echenique llegaron primero, y poco después Teresa y Lucía. La chica se veía aún muy asustada.
- Bueno Licenciado Echenique, me decía usted que ningún cajón de su oficina estaba abierto, no había señal de que nadie hubiera buscado nada ¿Correcto?
El hombre sólo asintió con la cabeza, aún algo sorprendido
- Bueno, eso significa que nadie buscó nada en su oficina, lo cual puede decir muchas cosas. Por lo pronto - dio un par de pasos y señalo al portallaves, que colgaba junto a la puerta - Uno tiende a pensar que, estando en la casa, uno está ya seguro, lo cual no siempre es cierto. Licenciado... ¿Este duplicado está siempre aquí?
- Si, claro, está a la mano
- Y obvio, a la vista de todos. Si alguien lo hubiera tomado, se corría el riesgo de que alguien se diera cuenta de que no estaba ahí. Pero tomando una sola llave digamos, cada semana, y sacándole copia, sería más difícil de descubrir.
Todos alrededor voltearon a verse, mientras que yo mantenía fija la vista en Isabel
El problema era que si, durante ese inter, alguien hubiera cambiado alguna de las llaves, no tendría forma de saberlo, cuando menos hasta que tuviera que hacerlo... ¿Verdad Teresa?
- Su ojos se clavaron en la tutora, que se quedó completamente pasmada. Todos voltearon a verla, aunque era evidente que nadie comprendía el porqué de la acusación.

Improvisando

En el momento en que Isabel me señaló la puerta, la situación era evidente. La misma cerraba con tres cerraduras, todas ellas bastante macizas. Una de ellas se veía forzada por medio de una barreta o algún otro tipo de palanca, pero las otras dos lucían intactas.
- Sólo forzaron una
- Exacto. Me imagino que ésta fue la que cambiaron recientemente.
- ¿Y quién te dijo que la habían cambiado?
- Nadie, pero era la solución más lógica a esta situación. Se trataba de alguien que tenía un juego de llaves, pero que no las usa frecuentemente, cuando menos no lo suficiente como para notar un cambio.
- Entonces fue premeditado
- Claro, alguien que espera hasta que la familia salga todo un fin de semana seguramente tenía todo un plan bien elaborado.
- Entonces, la idea de robar las pantaletas la tenía ya desde antes.
- Más bien yo diría que tenía un plan bien estructurado, pero cuando algo no salió de acuerdo a lo que había calculado, tuvo que improvisar. Obviamente, el que la casa estuviera sola toda una semana era algo que no se repetiría, así que decidió seguir adelante a pesar de los cambios.
Señaló a otro punto del marco de la puerta, con expresión casi didáctica.
- Ve, la huella es redonda, no es plana como la que dejaría una barreta. La puerta fue forzada con una varilla, lo que nos dice que no estaba dentro de su idea original.
- Entonces es posible que Teresa esté en lo cierto, y que sea uno de los amigos de Lucia.
Isabel suspiró profundamente, y volteó a verme a los ojos
- Julio, en una sociedad machista como ésta, aún está muy arraigada la idea de que, si a una mujer la ofenden o se propasan con ella, fue porque lo provocó, y lo peor es que somos nosotras mismas las que, a veces, nos encargamos de propagarlo...
De pronto, su vista se clavó en la puerta, y sacó el lápiz labial en un movimiento casi automático.
- Claro, desde hace ya un buen rato que sabía quien lo había hecho, pero no encontraba el porqué. Ahora está todo casi listo. Sólo tenemos que hablar con el señor Echenique. Vamos.
Regresamos hasta la oficina del licenciado, aunque en esta ocasión, caminaba lentamente, mientras el el labial subía y bajaba casi al mismo ritmo que sus pasos.

viernes, 30 de mayo de 2008

Locuras adolescentes

Teresa se dirigió a nosotros en cuanto nos vio, con una expresión preocupada
- Espero que hayan podido convencer a esta niña de que diga la verdad. Yo no he logrado nada por más que he hablado con ella
- ¿La verdad sobre qué? - acotó Isabel, con una mirada inquisitiva.
- Creo que se han de haber dado cuenta, por el detalle de la puerta, que quien entró aquí seguramente conocía a alguna persona en la casa, así que yo podría jurar que es una amigo de ella
- Noté que sólo una cerradura estaba forzada, ciertamente, pero no sería la única explicación. Aunque tengo que reconocerlo, es plausible
- Mire Señora, yo aprecio mucho a esa niña, pero tenemos que ser honestos. Lucia perdió un año de escuela, y es por eso que su padre la hace que estudie por su cuenta. Eso, y que trabaje con él. Imagínese, de castigo, trabaja en una de las mejores consultorías de México, ya quisiera yo un castigo así...
- Bueno, perdió un año... ¿Qué tendría que ver eso con el asunto de las pantaletas?
- Señora, quizá usted conozca su trabajo, pero yo sé como son las adolescentes. No estudiaba seguramente por andar en el relajo, ha de haber conocido a cualquier muchachillo, y le dio las copias de las llaves, pensando hacer quien sabe que cosa.
- Pero entonces ¿Porqué venir cuando Lucia no estaba?
- Son jóvenes, no suelen pensar demasiado.
- Oiga ¿Y usted sabía que habían cambiado una de las cerraduras?
- Realmente no, yo trabajo aquí, pero no tengo ninguna llave. El señor me estaba diciendo que a la señora de la limpieza se le había roto su llave al abrirla, y la había cambiado hace un par de días.
- Usted es licenciada en finanzas también, me decían
- Sí, fui compañera del Señor Echenique en la Universidad, y por eso me llamó para darle clases a su hija. Yo estaba pasando por un momento de desempleo, y créame que realmente fue una ayuda.
- Como lo fue también lo que acaba de decirme. Muchas gracias Señorita Arreloa. - Me volteó a ver entonces con una amplia sonrisa - Julio, acompáñame, hay algo que quiero que veamos.
Nos dirigimos hacia la puerta, mientras que ella no ocultaba una enorme sonrisa.
- ¿A qué se referían con lo de la puerta?
- A un detalle muy importante, que creo que nos está dando la solución a todo este enredo.
Fuimos hacia la entrada, donde se detuvo, señalándome el quicio de la puerta.
- Ve ésto - remarcó - y dime que notas de extraño.

domingo, 25 de mayo de 2008

Obsesión y acoso

Una vez que estuvimos solos, Isabel pasó directamente a los hechos. Se dirigió a Lucía en un tono sumamente profesional, pero bastante amable, más que nada tratando de tranquilizarla, pues su estado era poco menos que histérico.
- Hola amiga, Soy Isabel, y vengo a ver lo del robo. Antes que nada, trata de tranquilizarte, sólo se robaron tu ropa interior. Es ofensivo y una falta de respeto, lo sé, pero tienes que estar tranquila.
- Tranquila ¿Y la violación? - dijo entre sollozos. Isabel levantó la ceja con preocupación.
- ¿Qué violación?
- Teresa me dijo, posiblemente sea un maniático obsesionado conmigo, primero fue ésto, luego me buscará para violarme.
- Lucía, en otro caso estaría de acuerdo contigo, pero ahora... Quiero que me seas honesta ¿Alguno de tus amigos varones han llegado hasta acá?
- Algunos, sí, pero le juro que para nada malo, en serio.
- Eso lo sé, pero no vine aquí a cuestionar tu vida sexual, sólo quiero saber si alguno de ellos sabía exactamente como sueles guardar tu ropa.
- Ninguno
- ¿Y de tus amigas?
- Así como saber exactamente, ninguna. Alguna vez me han acompañado mientras me cambio, pero de eso a conocer toda mi ropa, no. Además, ninguna de mis amigas es... este...
- ¿Lesbiana? - completó la frase sin tapujos - no te preocupes, no pensé eso, sólo quería saber. ¿Quién más te ha visto cambiarte, o que sepa cómo organizas tu ropa?
- Pues mi papá, Doña Meche que es la que plancha y me la acomoda. Y bueno, a veces me he cambiado estando Teresa, pero nada más.
- Interesante. Gracias Lucía, me fuiste de mucha ayuda por ahora, por lo pronto tranquilízate, porque de algo estoy segura: No hay ningún maniático tras de ti.
Durante toda la conversación con Lucía, estuvo jugueteando con el labial, y aún lo tenía en sus manos cuando se acercó a mí, con expresión pensativa.
- Muy bien Julio, en caso de que no fueras un obsesionado ¿Para qué robarías una pantaleta?
- Para venderla quizá, si conozco al pervertido. O quizá para tener una muestra de su olor, de sus fluidos, para alguna cuestión médica o de rastreo.
- Buenas ideas, pero ninguna de ellas explica el porqué sólo dejó unas cuantas, llevándose prácticamente todas las demás. De hecho, considerando la cantidad de ropa que tiene esta mujer, alguien podría haberse llevado una o dos sin que ella se hubiera dado cuenta.
- Cierto - Reconocí tras de un segundo pensamiento - Pero seguimos sin tener una explicación.
- De hecho la tenemos, pero me gustaría hablar con Teresa. Si no me equivoco, muchas veces los tutores conocen más de sus alumnos que los mismos padres, y más cuando no hay una imagen materna.
Guardó el labial dentro de la bolsa de su falda, y se dirigió hacia Teresa, con el estilo apresurado tan propio de ella.

sábado, 24 de mayo de 2008

Tres mujeres diferentes

Al entrar a la habitación de la joven, me sorprendí: En un escritorio al fondo de la habitación, estaba una computadora que lucía bastante más avanzada de lo que había visto hasta ahora. El cuarto era lo suficientemente grande para tener un home theatre, un modular bastante impresionante y una pantalla de plasma. No había duda de que su padre no le negaba nada. Al llegar, pude ver una joven muy atractiva, vestida a la última moda, con expresión asustada. A su lado, una mujer de casi la misma edad de Isabel, vestida con un impecable traje sastre, hablaba con ella. La mujer se veía que intentaba tranquilizarla, aunque no podía - o no quería - ocultar un profundo enojo.
- Supongo que usted es la mujer de la policía - dijo secamente cuando entramos
- Podemos decir que sí - respondió Isabel, sin perder la compostura. La joven debe de ser Lucía. Y usted...
- Licenciada Teresa Arreola - recalcó especialmente la palabra licenciada - economista y maestra particular de Lucía.
- Muy bien. Si lo que me dijo el Comandante Ortega es cierto, usted fue quien descubrió todo¿Así es?
- Exacto. Usualmente le doy clases a Lucía los lunes en la mañana, pero en esta ocasión había olvidado que ellos estarían en Cuernavaca hasta el martes. Cuando llegué, noté la puerta forzada, por lo que temí que hubieran vaciado la casa. Pero cuando entré, sólo noté abierto el cajón de arriba de Lucía, en donde guarda su ropa interior.
- Todo apunta entonces a un pervertido, supongo
- No encuentro otra explicación. En cuanto supe, llame al Señor Echenique, y volvió lo más rápido que pudo, y avisé a la policía también. Mientras, me quedé aquí para asegurarme que nadie más entrara.
- Buen movimiento. Es usted economista, me dice
- Si, pero estoy desempleada en este momento. Me ayudo con las clases que le doy a la niña ¿Por?
- Por nada señorita. ¿Podríamos hablar con Lucía un momento a solas?
- Claro, no hay problema - Y luego, dirigiéndose a la chica, le dijo - Tranquila amor, estas personas van a ayudarte. No tienes que temer.
Teresa se levantó y, con una fría sonrisa hacia nosotros y otra más cálida a La muchacha, salió de la habitación. Isabel, bastante relajada, se sentó en la cama junto a ella. Sin embargo, sacó de su bolso discretamente su lápiz labial.

Perversión

Llegamos a una casa casi del mismo tamaño que la de Isabel, pero algo más elegante, como uno podría esperar de Polanco. La puerta estaba abierta, y un agente de policía estaba de pie. Entramos prácticamente de inmediato, pues en cuanto Isabel se presentó, se le permitió pasar sin hacer preguntas, agregando que la estaban ya esperando. A pesar de ello, esperó unos segundos en la puerta, analizando el marco que, sin lugar a dudas, tenía señas de haber sido forzado.
- Mira con cuidado Julio - me dijo gravemente - que ésto es importante.
Sin agregar nada, pasó al interior de la casa, tras de que el oficial en la puerta le indicara la dirección. Entramos a la primera habitación, que era sin lugar a dudas un estudio. Ahí nos esperaban Ortega y un hombre de mediana edad conversaban solemnemente. No era necesaria mucha observación para ver que Ortega estaba tratando de obtener todos los datos posibles del caso.
- Isabel, él es el señor Echenique, quizá lo conozcas
- Si - Respondió ella tendiéndole la mano - columnista de negocios, asesor financiero y corredor de bolsa. Leo sus escritos todos los días.
- Gracias Chabelita - Isabel levantó la ceja en un gesto de desaprobación - da gusto encontrar a gente que conoce mi trabajo. Que pena que ahora tengamos que conocernos por otro motivos.
- Yo también lo siento señor. Y por cierto, le agradecería enormemente si me llamara Isabel.
- Ella vino a hablar con su hija - interrumpió Ortega, buscando romper el bochornoso silencio - Será mucho mejor que algo tan delicado lo vean entre mujeres.
- Imagino que así será. ¿Dónde está ella?
- En su recámara, con su maestra particular.
- Está perfecto. Julio, sígueme, tenemos trabajo que hacer.
- Momento - la detuvo Echenique - ¿La va a acompañar él?
- Claro, él es mi asistente, y viene conmigo.
Y sin esperar respuesta, salió de la habitación, mientras yo la seguía muy de cerca, aún algo confundido.

domingo, 18 de mayo de 2008

Cosas de mujeres

A estas alturas, seguramente el lector se habrá percatado del grado de perfeccionismo que era capaz de desarrollar Isabel, por lo que no debe de extrañar que, aunque ya no estábamos en el caso, y había ocurrido ya hace más de tres semanas, seguíamos recopilando datos sobre Gomera. Sin embargo, eso no le impedía tener la mente en otras cosas. De hecho, no recordaba yo un día en que no estuviera ella pensando en más de un solo asunto. Por ello, muchas veces no sabía yo a qué se refería cuando me daba alguna explicación o me pedía algo. Sin embargo, era ya parte de la rutina.
Fue un lunes en la mañana que, apenas llegué a su casa, ella estaba ya esperándome en la puerta, con las llaves del auto en la mano
- Ni entres Julio, tenemos algo que atender
Ella salió dando zancadas, y yo la alcancé en cuanto me repuse de la sorpresa. Considerando la última vez que habíamos salido así, estaba yo listo para enfrentarnos a otro caso de asesinato, pero mis suposiciones se fueron por tierra casi de inmediato.
- ¿Qué sabes de los fetiches sexuales?
Yo me la quedé viendo con los ojos tremendamente abiertos, sin saber que contestar. Ella sólo contuvo malamente una risa, y continuó antes de que respondiera.
- Tranquilo, al parecer hoy no nos la vamos a ver con ninguna muerte, sino sólo un robo, pero uno de los más raros que te puedes imaginar.
- ¿Raros?
- Si, parece que entraron a la casa de uno de los industriales más importantes de este país, en una casa en donde había varias cosas bastante valiosas, tan sólo para llevarse toda la lencería de su hija adolescente.
Yo volteé hacia el camino, viéndola de reojo. Si de primera instancia, alguien me hubiera contado algo así, hubiera jurado que era una broma. Pero si de algo estaba yo seguro, es que Isabel no era para nada afecta a las bromas.

sábado, 10 de mayo de 2008

El asunto Gomera

Las siguientes dos semanas fueron especialmente activas, pues además de mi trabajo habitual, comencé a estudiar las materias que aún me hacían falta y, lo que quizá me llamó la atención, es que comenzamos a hacer un bastante completa de Rafael Gomera, lo que me implicó el visitar diversas hemerotecas, en labores que a veces me tomaban un día completo en cada una de ellas. Lo que fuimos obteniendo era realmente sorprendente, aunque no muy digna de admiración: Miembro de la Real Armada Española, desertaría al obtener el rango de Alférez de Fragata, para dedicarse al contrabando en América, en donde por su conocimiento naval se convirtió en asesor de los cárteles colombianos, además de ser pistolero a sueldo. Fue ahí donde conoció a Treviño, con quien comenzó a trabajar de manera exclusiva, además de ser una suerte de guardaespaldas personal. Además de su entrenamiento en la milicia, parecía tener conocimientos en varias artes marciales y otras formas de combate tanto con armas como sin ellas. Estos fueron los datos que pude conseguir yo, pero lo asombroso fue todo lo que obtuvo Isabel a partir de esas notas... Quizá no sea necesario explayarse mucho, pero en resumen, dedujo que era una persona metódica, brillante, pero que se desesperaba fácilmente. Exageradamente confiado de si mismo, manipulador y que no tenía inconveniente en traicionar a la gente. Con lo que íbamos obteniendo de él y su vida, no me sentía yo especialmente tranquilo, pues no era el tipo de persona que uno quisiera tener como enemigo.

Educación avanzada

Habían pasado apenas dos días de nuestra breve experiencia detectivesca, cuando Isabel me sorprendió nuevamente, pero ahora por motivos diversos. ese día llegué temprano, y aún así, ella estaba ya en su escritorio. Simplemente levantó la vista cuando llegué y, señalando a la silla de enfrente, me dijo sucíntamente.
- Toma asiento
Yo le obedecí nerviosamente. Desde la prepa, ese tipo de situaciones solían ponerme nervioso.
- Mira Julio, hasta ahora, no puedo quejarme de tu trabajo: Eres una persona organizada, disciplinada y honesta, y eso me gusta. Pero como comprenderás, este tipo de actividades son básicamente intelectuales, y necesito gente más preparada.
Yo tragué saliva, preparado ya para recibir la noticia de que estaba desempleado. Yo realmente no entendía el motivo, pues aunque efectivamente mis labores implicaban un cierto nivel de conocimientos, yo había podido mantenerme a un nivel bastante competente.
- A partir de ahora - continuó, tomando un paquete cuidadosamente envuelto en papel de embalaje de sobre la mesa y acercándomelo - vas a tener una labor extra, y espero que la tomes con toda la seriedad que se merece...
Me quedé viendo el envoltorio, aún sin saber que hacer. Ella me vio a los ojos, y no pudo evitar una risa discreta.
- Por Dios Julio, no te le quedes viendo, ábrelo.
Le obedecí, aún nervioso. Una rápida visión al paquete de libros me permitió identificar un juego completo de textos para prepa abierta.
- A partir de hoy, necesito que te me pongas a estudiar. Por lo que me di cuenta que sabes, debiste de haberte quedado a mitad del último año, así que no será difícil. Los tiempos van a ser algo más flexibles, y si tienes dudas, puedes consultarlas conmigo.
- Gracias - alcancé a murmurar, aún confundido.
- Por cierto - comentó casi de pasada - ¿Cómo vamos con el Estudio en Escarlata?.
Ahí si me quedé frío. Entre una cosa y otra, no había tenido oportunidad de abrir el libro, por lo que no sabía que contestar.
- No lo has ni siquiera comenzado... ¿Verdad?
- Pues la verdad no, he estado muy ocupado, todo lo que hemos tenido que hacer, y...
Ella hizo una seña de que tranquilizara, y me ofreció una amplísima sonrisa.
- Siguiente lección Julio: El que alguien no hable de un tema no significa que lo haya olvidado. No te preocupes, no hay prisa, pero espero que hayas entendido la idea de esta ocasión. Ahora, adelante, que tenemos mucho trabajo que hacer.
La seguí en silencio, con los libros bajo el brazo. La reciente forma de hablar que había adoptado, en donde todo era una lección, y ahora ésto, me hacía pensar que quizá, en vez de haber encontrado un trabajo, no estaba yo inscrito en la única escuela del mundo en la que me pagaban por asistir.

viernes, 9 de mayo de 2008

La historia de lo que pasó

- La perdición de Treviño fue haber tomado la cuestión como personal, y el que él y Gomera estuvieran en igualdad de condiciones. Bien pudo enviar gente a que lo buscaran y localizaran, pero con la orden de no tocarlo siquiera. Rafael había traicionado su amistad, así que él lo manejaría personalmente.
Caminó lentamente hacia la puerta, señalando los restos de los muebles con cuidado.
- No hay duda, la pelea fue muy pareja, pues los dos sabían lo que estaba en juego. Sin embargo, Gomera fue mejor, y logró matarlo, enterrándole en el vientre el cuchillo que posiblemente el mismo Treviño planeaba usar. Pero creo que tú sabes como son esos grupos.
- Si, claro - Mentí, aunque algo podía hilvanar de lo que me relataba
- Si se sabía que él había matado al jefe, irían tras de él, y no de uno en uno, así que decidió cubrirse de la mejor manera. Destrozó la mandíbula del cuerpo a martillazos, y se encargó de triturar los dedos para eliminar las huellas digitales. El fuego no dejó muchos rastros, pero yo podría jurar que también le vació los ojos. Después, puso sus identificaciones en el único lugar donde sobrevivirían a un incendio... En agua. De esa forma, quien lo encontrara supondría que era él.
Volvió a acercarse al cuerpo, y su mano señaló al antebrazo destrozado.
- El fuego hubiera borrado las huellas del tatuaje, pero prefirió no correr riesgos. Hizo varios cortes y - aspiró fuertemente, acercando su cara a la herida - puso más gasolina en esa zona. Después, sólo quedaba prender fuego al lugar, escapar y prepararse a que lo dieran por muerto.
- Entonces ya no hay forma de dar con él.
- Posiblemente sí, pero tendremos que trabajar un poco en ello. Cuando menos, aquí ya acabó nuestra parte. Creo que podemos irnos.
Se dirigió a donde estaba Ortega y, rápidamente, le comentó algunas cosas, e imaginé que era lo mismo que me había dicho a mí. Tras de ello, volvimos al auto. Ella caminaba tranquila, y con una enorme sonrisa de satisfacción.
- Por cierto Julio, mil perdones - me dijo cuando llegamos al auto
- ¿Y eso porqué? - atiné a preguntar, algo confundido.
- Por hacerte cargar el libro. Realmente no esperaba que este caso fuera a ser tan fácil.
Fácil... En ese momento, no tenía idea de lo que ella consideraba difícil.
Pero ya después me enteraría.

martes, 6 de mayo de 2008

Conclusiones

- Sin huellas digitales, sin marcas dentales, sin un rostro identificable, y sin una huella retinal, es imposible identificar a este hombre - dijo ella después de un rato, viendo que no lograba dar con una respuesta - buscaron que no hubiera forma de que se supiera de quien era el cuerpo. O para ser más exactos, lo buscó.
- ¡Claro! - dije en un momento de iluminación - Gomera se las olió, y por eso puso sus identificaciones en el lavabo, para que en caso de que le pasara algo, aún así pudieran dar con él.
- Muy inteligente Gomera, pues sabía que iban a quemar el departamento, y por eso las puso en un lugar donde el fuego no las dañaría, pero en donde cualquier persona las podría encontrar. ¿No te suena ilógico?
Me quedé callado, y sólo moví la cabeza, ella me sonrió, y le dio vuelta a la cama despacio. Se detuvo al lado del cuerpo, y me señaló el antebrazo.
- Como seguramente ya te diste cuenta, cuando la piel se quema, suele adherirse al hueso, y sólo desprenderse cuando la calcinación es extrema, o en puntos de mucha tensión. Pero mira aquí, en el antebrazo, la piel está casi totalmente desprendida. No tengo elementos aquí para hacer una evaluación forense, pero yo diría que la cortaron.
- Ahí si no entiendo porqué.
- Fácil Julio, para asegurarse bien que, incluso calcinado, el tatuaje se perdiera. Quien está aquí no es Gomera.

sábado, 3 de mayo de 2008

La mejor pista es la que no está

Isabel se quedó de pie frente al cuerpo, y mencionó sin voltearme a ver
- Como tú bien lo dijiste, nadie va a dejarse torturar así como así. Ahora viene la siguiente lección. Muchas veces la mejor de las pistas es la que no está. Y tú tienes razón en lo que dijiste
- ¿En qué? - pregunté confundido
- En que nadie se deja torturar. Ve y dime... ¿Qué notas?
- Pues fuera de lo que hablamos, nada en especial.
- Exacto, nada. Una cuerda gruesa y fuerte dejaría un resto calcinado, o cenizas. Si fuese plástica, se vería el rastro de donde se fundió... Aquí no hay absolutamente rastro. A este hombre no lo amarraron.
- Entiendo, entonces el hombre no vino solo, sino que varios lo sujetaron y lo torturaron así como vemos.
- Eso pensaría yo también, pero queda la cuestión de haber quemado el lugar, y el tipo de lesiones. Mira, dedos machacados, quijada destrozada y... - señaló uno de los miembros calcinados - varias cuchilladas exclusivamente en el antebrazo. Todo es muy delimitado. Además, el narco tortura no sólo por sadismo, sino para dar una lección a quienes intenten traicionarlos, y de nada serviría si después desaparecen el rastro. No, este hombre estaba ya muerto cuando le hicieron todo eso.
- ¿Y para qué torturar a un muerto?
- Julio, más bien pregúntate ¿Para qué dañar un cadáver de esa forma? Muchas veces el secreto está en hacer las preguntas adecuadas. Yemas de los dedos, estructura dental... ¿Qué te sugiere?

viernes, 2 de mayo de 2008

Comenzando el aprendizaje

Me jaló al otro lado de la habitación, y apenas mirándome, recorrió toda la habitación con la vista, observando cuidadosamente, para después preguntarme con una amplia sonrisa
- ¿Qué te parece lo que estás viendo?
- Pues digo, se nota que lo torturaron, pero bueno, los narcos hacen eso... ¿No?. Como que no hay mucho que hacer, aunque de aquí a lo mejor sabemos donde se fue Treviño.
- Julio, primer cosa que tienes que aprender, y es que muchas veces lo más evidente no es necesariamente lo más acertado. Efectivamente, todo apunta a lo que tú dices, pero hay una serie de cosas que nos hacen pensar. ¿Segunda lección?
- ¿Observar bien? - Eso lo dije básicamente porque era notorio que ella había visto mucho más que yo, y era lo único que se me ocurrió decir para no verme como un tonto.
- Cierto, pero en este caso, es que nada queda totalmente destruido. Ve los muebles, y dime que notas.
Los volví a ver con cuidado, recorriendo la habitación con la vista. Casi todos estaban totalmente calcinados, y sólo algunos fragmentos quedaban más o menos completos.
- Pues, que todos están quemados.
- Julio - me dijo logrando apenas evitar la risa - los muebles podrán desplomarse o deshacerse al quemarse, pero no se mueven - me tomo del brazo levemente y avanzó hacia los restos de una silla. Comenzó a caminar alrededor, como una maestra dando una clase - A pesar de que está casi quemada, puedes notar que, cuando se quemó, estaba caída. No sé si lo notas, pero los restos quemados lo dejan ver. Y si te fijas - hizo un ademán con la mano indicando algunos otros - hay varios en las mismas condiciones. Aquí hubo una pelea.
Lo más curioso de todo es que, una vez que lo dijo, todo eso era más que evidente: varios muebles se veían tirados y revueltos. Pero en mi caso, más que aclararme algo, lo estaba haciendo aún más complejo.
- Bueno, pero eso es natural, nadie va a dejar que lo torturen así nada más. ¿O no?
- Cierto Julio, lo cual nos lleva al otro punto. Ven, necesitamos ver el cadáver.
La seguí, aún confundido. Efectivamente, había muchas cosas por comprender, pero todavía no alcanzaba a veras.